6 meses en Copenhague (I)

“Cuando viajas, recuerda que un país extranjero no está diseñado para facilitarte la vida. Está diseñado para facilitarle la vida a su propia ciudadanía.”

Clifton Fadiman

Hace 6 meses que me instalé en Copenhague, por un tiempo indefinido. Salir a vivir fuera de tu país de origen es un reto aterrador y estimulante a la vez. Se trata de algo recomendable para cualquiera que desee madurar y disfrutar de una vivencia que te acompañará para siempre (y con suerte de forma positiva). En mi caso, he vuelto a estudiar para establecerme aquí después de terminar el programa, buscando trabajo en un campo (sostenibilidad y mitigación del cambio climático) que no está tan desarrollado en España, donde existen menos oportunidades laborales.

Durante estos meses he conocido, y sigo haciéndolo, la forma de vida danesa, más allá de los datos populares como que son uno de los países más felices del mundo según Naciones Unidas, se pagan unos impuestos altísimos, y siendo el país más sureño de Escandinavia, es un destino muy frío para la mayoría de visitantes.

A partir de aquí, te relato mi experiencia, intentando desenmascarar algunos de los prejuicios que existen sobre este país:

1. Impuestos y Estado de Bienestar. Lo que nos sorprende inicialmente a muchos son los altos impuestos en este país (entre el 37% y el 53% en Copenhague), pero ojo, se debe en parte a que Dinamarca ha tomado el Estado de Bienestar como bandera, y parte de la base que toda la ciudadanía ha de tener los mismos derechos y oportunidades, y mantener eso cuesta dinero.

Puede sonar a tópico, pero en este país es algo excepcional, y gran parte de la sociedad se enorgullece del Estado de Bienestar. He comprobado varios ejemplos sobre esto, que no había visto hasta ahora. Empiezo con la enseñanza superior (grados y másteres universitarios), que no solo es gratuita para los estudiantes daneses (también para los europeos que decidimos estudiar aquí), sino que ellos reciben una ayuda mensual solo por estudiar. Los estudiantes europeos podemos acceder a un sistema de ayudas a fondo perdido si trabajamos al mismo tiempo (en cualquier cosa), por 43 horas mensuales. Si estudias y trabajas los fines de semana, a final de mes recibes en torno a 600 € de tu pagador, más otros 600 € del Estado (estas cuantías pueden variar). Existen también otras ayudas, por ejemplo, para el alquiler. Suena bien, ¿verdad?

A nivel sanitario, el sistema público cubre todo tipo de tratamientos (similar a la que tenemos en España), y para las familias existe una ayuda de entre 600 y 375 € por hijo y trimestre hasta que cumpla los 15 años, y de 125 € al mes de los 15 a los 17. Además, las bajas de paternidad y maternidad pueden llegar combinadas a las 52 semanas.

En este sentido, me sorprendió ver como en clase había ya tres padres y madres (personas entre 27 y 24 años). Junto con las ayudas, la situación económica del país en general, la emancipación (a los 18 años la mayoría de gente abandona el nido), la seguridad y las posibilidades que se ofrecen a este respecto fomentan que los jóvenes formen una familia pronto.

Estado, estabilidad y ayudas, ¿qué consigue con esto? A nivel perceptivo, se crea una confianza sólida entre el Estado y la ciudadanía, y a pesar de la delincuencia, que desarrollaré en la próxima entrega. Dinamarca me ha parecido generalmente, una sociedad más educada y cívica que la española, y este bien puede ser uno de los factores. Ello puede contrastarse con números: un 32% de la ciudadanía danesa cuenta con estudios superiores (grado o superior), mientras en España ese mismo factor es del 26% según el último informe sobre educación de la OCDE.

Para terminar la sección, me viene a la cabeza algo que me comentó un buen amigo danés mientras charlábamos: “la mayor inversión del estado en Dinamarca son las personas.

2. El nivel y coste de vida. Viniendo de casi cualquier parte del mundo, todo aquí resulta anormalmente caro. El coste básico de vida (aquí no incluyo lujos, ni comprar esta u aquella camisa, nada por el estilo), sale por 800 – 900 € mensuales. Claro, luego hemos de tener en cuenta que el salario medio es de 56.499 € al año, mientras que en España es de 26.922 € al año. O que el paro es del 4,9%, mientras que en España es del 13,7% durante el mismo periodo (enero 2020).

Al principio, me dolía en el alma pagar 5 ó 6 € por una pinta de cerveza en un bar cualquiera, o que un corte de pelo cueste 40 € (menos en algunas peluquerías regentadas por inmigrantes cuesta 12€), pero uno se acostumbra, más teniendo en cuenta que teniendo cualquier trabajo siendo estudiante, junto con la ayuda del Estado, puedo cobrar más que lo que cobraba como ingeniero junior en Valencia. El salario por un puesto similar cuando termine el máster – cruzo dedos para conseguirlo – puede doblar mi salario anterior. En ese sentido, lo de que la vida sea cara o no, cambia de matiz.

Aún así, estudiar no es un camino de rosas, pese a que la educación sea gratuita. Igualmente has de trabajar al mismo tiempo para mantenerte o tener bastantes ahorros para sobrevivir. ¿Es esto mejor, o peor que en casa? Es diferente. Sí creo que fomenta más una madurez en la juventud, ya que a los 18 años lo normal es que te busques la vida, y ello pasa por la independencia económica (con o sin ayudas del Estado). De ahí a que tener niños a edades más jóvenes sea común, tanto por la situación económica del país como por la madurez emocional. No es un sitio fácil para los ninis o casapapis.

3. Cuidado del Medio Ambiente. Común a los países escandinavos, el cuidado y la protección del medio ambiente es otro de sus valores.La conciencia ambiental es aparentemente superior entre la ciudadanía a la de la mayoría países.

En cuanto al consumo de energía, un 32,9% de la que se consume en el país viene de fuentes renovables (datos de la Agencia Danesa de la Energía en 2018) y el porcentaje de generación renovable para electricidad es del 60% en 2015. Dinamarca es líder mundial en producción de energía eólica.  Ojo, que dentro del paquete de las energías verdes incluimos la biomasa, fuente de energía renovable que se emplea como sustituto del carbón, pero que genera emisiones de CO2. La huella de CO2 de los ciudadanos daneses se sitúa cercana algo por encima de la media mundial (5,9 toneladas de CO2 per cápita frente al 4,6 respetivamente, 2017).

Datos aparte, llama la atención el reciclaje y separación de residuos: hasta ahora no he conocido a nadie que no recicle, mientras en España tengo amigos que lo reconocen abiertamente. Hay contenedores para cada edificio, donde los vecinos depositan la basura para reciclar. Existe también, un pequeño recipiente para residuos orgánicos, y bolsas biodegradables que facilita el ayuntamiento de Copenhague. Aquí depositamos cáscaras de huevo, pieles de fruta y verdura, raspas de pescado y similares que posteriormente se emplean para hacer biogás. Este gesto no solo ayuda al problema de los residuos (Dinamarca apenas tiene vertederos) sino que hace partícipe a la ciudadanía: la correcta gestión de los residuos depende de nuestro gesto, de tirar la basura donde toca y de separar el orgánico, que nos volverá en forma de energía.

En la Universidad de Aalborg, donde estudio, existen eventos sobre sostenibilidad y cambio climático, que son promovidos tanto por la propia Universidad como por entidades estudiantiles. En algunos de estos eventos se recogen las propuestas de mejora de los estudiantes, y hace unos meses acudí a una donde presentamos la idea de eliminar totalmente los vasos de café desechables en la cafetería (sustituyéndolos por tazas de cerámica), así como implementar un sistema por el cual pueda comprarse una ración de comida más barata, a la hora de cierre de la cantina (existen algunas apps que se dedican a esto), evitando el malgasto. La Universidad implementó ambas iniciativas recientemente. Todo esto forma parte de varios factores: su mayor conciencia ambiental y la facilidad que se da a proponer ideas (relacionados con sus sistemas horizontales y no piramidales, que detallaré en la próxima entrega).

Sí, están más avanzados y comprometidos en cuanto a medioambiente y cambio climático, aunque siempre hay espacio para la mejora. Se trata de un tema de conversación recurrente, común en cualquier reunión entre amigos y más trascendental a colores políticos (en España, algún cabestro mononeuronal me ha criticado por defender la lucha contra el cambio climático y la ecología).

Finalmente, Dinamarca cuenta con un ambicioso plan para la expansión de las energías renovables, destacando su intención de cubrir el 100% de la demanda energética por estas fuentes de energía en 2050, así como no consumir combustibles fósiles para ese mismo año. Todo ello es motivo de satisfacción para la mayoría de la ciudadanía.

Hasta aquí la primera parte de esta serie. Dentro de un par de semanas, trataré otros aspectos como el carácter de los daneses o el famoso concepto del “hygge”. Si has estado en Dinamarca y tienes cualquier opinión, ¡no dudes en comentarla! Gracias por leerme.

Puedes leer más en los siguientes enlaces:

OECD (2019), Education at a Glance 2019: OECD Indicators, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/f8d7880d-en.

Denmark.dk. 2020. Pioneers In Clean Energy. [online] https://denmark.dk/innovation-and-design/clean-energy

Lifeindenmark.borger.dk. 2020. Family Benefits. [online] https://lifeindenmark.borger.dk/Coming-to-Denmark/Family-and-children/family-benefits.

Energistyrelsen. 2020. Annual And Monthly Statistics. [online] https://ens.dk/en/our-services/statistics-data-key-figures-and-energy-maps/annual-and-monthly-statistics

Denmark, D., 2020. Article: Landfilling In Denmark – Waste And Resource Network Denmark. [online] Waste and Resource Network Denmark. https://dakofa.com/element/landfilling-in-denmark/

Finansforbundet.dk. 2020. Rules On Maternity/Paternity. [online] https://www.finansforbundet.dk/en/rights-rules/Pages/Rulesonmaternitypaternity.aspx

Cambio Climático (II): Evolución Histórica de los recursos y la energía

¿Desde cuándo explotamos las fuentes de energía modernas?

El Black Country, en Inglaterra. Fuente: Guide to the Iron Trade of Great Britain, Samuel Griffiths, 1873 pág. 58.

La humanidad lleva empleando la energía de los recursos naturales para su progreso desde el descubrimiento del fuego, hace unos 790.000 años. A partir de ahí, se empleó energía (a partir de biomasa: leña, paja y similares) liberada en procesos de combustión. Durante el neolítico, esta energía se empleó para el moldeo de cerámica, y en la Edad de Hierro, para la fabricación de armas y herramientas.

En cuanto a la energía del agua (cinética de las corrientes de agua, y potencial si se incluyen saltos de agua), entre los Siglos III y I a.C., cuando se emplearon las primeras ruedas de noria y molinos de agua para fines de agricultura como la molienda del grano. Gracias al movimiento del agua (energía cinética), gira la rueda, que a través de un sistema de transmisión hace girar una muela sobre otra, que se encuentra fija, moliendo el grano. Hoy en día, empleamos centrales hidroeléctricas y sistemas de presas para generar energía eléctrica a partir del agua, es un tipo de generación eléctrica relativamente corriente. En cuanto a la energía de los océanos (mareomotriz y undimotriz: de las olas), aún no se explota comercialmente.

Los primeros molinos de viento, que aprovechan la energía eólica, datan del Siglo VII d.C. en zonas del actual Oriente Medio. De nuevo, esta energía se utilizaba para fines de agricultura, destacando los procesos de molienda y riego. Actualmente es bastante común encontrarnos con zonas llenas de aerogeneradores, de los que obtenemos electricidad.

La explotación directa del sol para su uso (a través de transformaciones energéticas) de una forma similar a los anteriores comienza mucho más tarde, durante el S. XX. Sin embargo, esta energía se ha empleado durante siglos para fines de agricultura, como, por ejemplo, el secado de alimentos. La energía solar ha influido e influye, de manera importante en muchísimos procesos naturales que sustentan la vida, por lo que la utilizamos desde ‘siempre’ aunque sea, a nuestro parecer, de forma indirecta. En la actualidad, explotamos directamente la energía solar para la obtención de calor, que aprovecharemos, entre otros, en nuestros sistemas de calefacción (energía solar térmica), y para la obtención de electricidad: energía solar fotovoltaica.

Si hablamos de los combustibles fósiles, también se han ido explotando (de menor a mayor intensidad), desde su descubrimiento. Comenzando por el carbón, se empleó inicialmente en el Siglo I a.C. en la actual China, para la alimentación de hornos de fundición. Éste era carbón vegetal, es decir, el formado tras un tipo de combustión (en ausencia de oxígeno) de recursos vegetales, leña y brasas, y no el que se extrae de las minas. Este carbón se empleó con cierta popularidad, y aún hoy se emplea en distintos procesos, encontrándolo con facilidad en el supermercado si queremos hacer una barbacoa. Es a partir del S. XI cuando se empieza con la extracción del carbón mineral. Las centrales térmicas de carbón han funcionado durante muchos años, en ellas se quemaba el carbón para la obtención de calor y/o electricidad.

El petróleo y el gas natural se conocen desde los Siglos III y I a.C. respectivamente. Los usos iniciales del petróleo fueron para la alimentación de lámparas, sustituyendo al aceite. El gas natural se extraía, probablemente, a través de cañas vegetales. Tras la revolución industrial, ambos se han empleado tanto en centrales térmicas, y el petróleo como combustible directo para distintos sistemas de transporte, sector del que ha sido – y continúa siendo – la esencia.

La energía nuclear, no se explota hasta el Siglo XX, especialmente a partir de los años 40. La hay de dos tipos: de fisión (las centrales nucleares que existen actualmente) y de fusión, aún en fase de desarrollo. De las centrales nucleares, obtenemos electricidad como producto final. Ahora bien, los usos energéticos previos al Siglo XIX eran insignificantes en comparación con el uso intensivo de la energía que empleamos hoy en día. Este uso intensivo comenzó a finales del Siglo XVIII o principios del XIX. Estas fechas marcan el comienzo de la Revolución Industrial en Gran Bretaña, que como su nombre indica, marcó un antes y un después en nuestra historia.

Evolución del consumo energético mundial, por tipo de fuente, medido en TWh. Fuente: Our World in Data.

A partir del S. XX, el consumo energético mundial se dispara, llegando a su máximo. El acceso a fuentes de energía baratas dispara la capacidad del ser humano para transformar su entorno. Es durante esta época cuando el ser humano vive unas comodidades imposibles hasta ese momento. Cosas que una gran parte de la sociedad occidental considera básicas como coger un avión e irse de fin de semana, tener un teléfono móvil, una televisión, ir al hospital y que nos hagan una resonancia o ir al supermercado en coche (y comprar kiwis) son posibles gracias al consumo intensivo de energía y el desarrollo tecnológico. Adicionalmente, ello coincide con otro fenómeno: el incremento de la población, que en 2011 sobrepasó los 7.000 millones de habitantes en todo el planeta (ahora vamos camino a los 8.000 millones). ¿Qué significan ambas cuestiones? Que cada vez gastamos más energía individualmente, y a la vez somos más, lo que arroja varias cuestiones sobre la sostenibilidad del sistema.

Curiosamente, ambas gráficas comparten una tendencia similar a la curva Keeling que se comentó en la primera entrada. Obviamente, no se trata de una coincidencia. El desarrollo tecnológico, sociológico y económico del S. XX se ha logrado a costa de emitir toneladas y toneladas de CO2 y otros gases de efecto invernadero, que están calentando el planeta, además de otras consecuencias en cuanto a consumo de recursos, contaminación y pérdida de biodiversidad.  Ahora, desde diversas instituciones y gobiernos, se está promoviendo la descarbonización de la economía, que no es otra cosa que desligar el desarrollo económico al consumo de combustibles fósiles.

Con respecto a ello, existen diversas teorías que analizaremos en otra entrega, sobre que nos va a deparar el futuro, lo que parece seguro es que mantener nuestras comodidades actuales (que no todos podemos disfrutar) de forma perpetua va a ser muy difícil, o cuanto menos un reto increíble. No olvidemos que, al mismo tiempo, hemos de combatir los efectos del cambio climático.

Para saber más:

Fresco Torralba, P. (2018). El futuro de la energía en 100 preguntas. Madrid: Ediciones Nowtilus. https://www.casadellibro.com/libro-el-futuro-de-la-energia-en-100-preguntas/9788499679709/7413170

Heinberg, R. (2006). Se acabó la fiesta. 1ª ed. Huesca: Editorial Barrabés. https://www.libreriadesnivel.com/libros/se-acabo-la-fiesta/9788495744807/

Ritchie, H. Roser, M.  (2020). Energy. [online] Our World in Data. Available at: https://ourworldindata.org/energy

Roser, M., Ritchie, H. and Ortiz-Ospina, E. (2020). World Population Growth. [online] Our World in Data. Available at: https://ourworldindata.org/world-population-growth

El Ocaso del Estado

“Pretendemos avanzar hacia la libertad real, desde y a través de la propia libertad, respetando así los fundamentos sobre los que se rigen las sociedades libres y pluralistas del mundo occidental […], y el progreso conforme al curso de la historia frente a los planteamientos antihistóricos, y todo ello con el designio final de contribuir decididamente a la construcción de un orden social dinámico, progresivo y solidario”

Adolfo Suárez González, 30 de marzo de 1979

Vergüenza ajena. Eso es lo que sentí (imagino que como muchas otras personas), tras seguir el primer debate de investidura que tuvo lugar en el Congreso de los Diputados entre el 4 y 5 de enero de 2020, y seguí sintiendo un mes después tras el comienzo de la XIV investidura. Un sentimiento que lleva presente en una parte de la sociedad durante los últimos 5 años, más o menos, pero que durante estos días se ha multiplicado, hasta llegar a un punto de indignación que nos ha hecho perder la esperanza en la clase política española actual. Siento que los hombres y las mujeres de Estado son cosa del pasado, y que, como algunas especies del mundo animal, se han extinguido.

No se trata de una opinión política, sino una opinión sobre como nuestros representantes políticos se manifiestan, conversan y se dirigen unos a otros (al menos en público) y como ello muestra parte de la sociedad española en la que vivimos, que, a través de estos actos, ha caído en lo más profundo de la sinrazón, la mala educación, la enemistad y una constante sensación de conflicto que cuanto menos resulta preocupante. Así se hace de todo, menos progresar.

Cuidado, que luego nos pedirán fuerzas para que trabajemos, que saquemos proyectos adelante y que cooperemos, cuando ellos muestran todo lo contrario, denigrando a través de sus mezquinos actos la profesión política a un ejercicio de insultos de patio de colegio, a ver quién suelta el más ingenioso. Siendo lo más aséptico posible, se supone que están ahí, porque tienen la suficiente altura de miras, formación y capacidad de gestión para solucionar los problemas de la ciudadanía que los ha elegido representantes políticos. La realidad se muestra bien distinta, y triste.

La política española ha llegado a un punto amoral, destructivo y de una dialéctica incendiaria. Nací después de la transición y ello hace que esté sesgado, como todos lo estamos de una u otra forma y condición. Sin embargo, por los documentos, escritos y audiovisuales, a los que tenemos acceso hoy en día, da la sensación de que los políticos de antaño eran más capaces de dialogar que los actuales, como puede verse, por ejemplo, en el sólido y conciliador discurso de Adolfo Suárez previo a su investidura, allá por 1979. No se me ocurre un político actual que esté a la altura de semejante oratoria. La sociedad ha evolucionado, obviamente, y con ello la política, que hoy se hace más a través de redes sociales (este tema da para escribir una novela distópica) y otros formatos que no existían hace años, pero ¿justifican los cambios sociales el bochorno en el que se ha convertido el Congreso? ¿De verdad muestra una sociedad más preparada? A veces da la sensación, que con la completa libertad de expresión que disfrutamos hoy en día (hecho que debemos celebrar), hemos tolerado también, si no fomentado, tonos y manifestaciones que muestran una no mala, sino terrible educación (hecho que deberíamos condenar, siempre). Ello nos hace ir hacia detrás en lo humano, y es independiente y más trascendental que cualquier ideología política.

Durante la sesión de investidura, relacioné lo visto con una situación que rescaté de mi memoria. Hace casi 20 años, acudí con mi padre a ver un partido de fútbol en Mestalla. Sin ser grandes aficionados al fútbol (ahora más bien sería lo contrario), mi padre consiguió un par de entradas, para satisfacer la ilusión de su hijo (nunca había acudido a ver un partido en vivo). En un momento del partido, el árbitro pitó una falta a favor del equipo rival. La afición local, comenzó a exclamar: “¡Burro! ¡Burro! ¡Burro!”, porque claro, a un mínimo de 30 metros (nosotros estábamos arriba del todo, los jugadores parecían hormiguitas desde allí) miles de personas se sentían con la autoridad de certificar que el árbitro se había equivocado y por supuesto, debía ser linchado por ello. Al principio, mi padre y yo no entendimos nada, pero con el tiempo recordamos la anécdota y evaluamos la situación. Los gritos y la sinrazón excitan y contagian hasta los más sofisticados mamíferos, hasta límites insospechados.

Algo parecido sucede en el Congreso desde hace años. En vez de burros, unos llaman fascistas, y los otros les llaman golpistas, en una mala caricatura del “y tú más”. Ese sentimiento se contagia, dando lugar al bochorno. Ha habido otros términos: fachas, terroristas, comunistas, etcétera. Cualquiera que haya seguido mínimamente estas jornadas sabrá a lo que me refiero. Parece que ignoren, que cuanto más se dirijan como «fachas» a los otros, más «comunistas» recibirán de vuelta, y al revés. ¿Sería mucho pedir que se dirigieran los unos a los otros simplemente como lo que son, diputadas y diputados? Quizás así comenzarían a rebajar la tensión social, que nunca es buena para un país. Ello es parte de su responsabilidad y, si de verdad creen, que partiendo de algo así vamos a crear algo constructivo para la sociedad, están tremendamente equivocados, y no olvidemos que sus equivocaciones afectan a toda la ciudadanía.

¿Es aceptable que un político se despida de otra persona, en el marco de una comisión de investigación – de nuevo, independientemente de sus diferencias – con un “hasta pronto gánster, nos veremos en el infierno”? ¿Es el Congreso de los Diputados el lugar más adecuado para que una diputada electa manifieste que le importa un comino la gobernabilidad de España? Aunque se trate de una opinión personal, en el Congreso se va a representar a los intereses de los votantes, y no a verter opiniones personales, aunque esto se les ha olvidados a muchos representantes. ¿O que un diputado de la oposición llame al presidente fraude, mentiroso, estafador y personaje sin escrúpulos? ¿O que ese mismo presidente llame persona indecente al entonces presidente, años atrás? ¿Puede que sea esta, la peor generación de políticos que jamás hayamos visto? Parece que necesiten asistencia de psicólogos, expertos en gestión de conflictos o simplemente personas con sentido común para explicarles, que de esta tónica solo vamos a cosechar problemas, nunca soluciones. Las lindezas que se dedican en redes sociales son ya otro tema para abordar en un artículo aparte, como se ha comentado con anterioridad.

Todo ello nos genera a muchos tristeza e indignación. A gente con la que nos relacionamos a diario, amigas que votan al PP o al PSOE y cuelgan la bandera nacional de sus balcones: no por ello son unas fachas (el uso generalizado de esta palabra también resulta curioso), amigos que votan a Podemos y no son perroflautas o comunistas (otro término empleado con ligereza), como nos referimos livianamente a una coalición de tres partidos como “trifachito”, o nuestro amigo vasco que vota a Bildu y ello no lo hace terrorista. Quiero pensar que hay más gente así: moderada en su dialéctica, empática, que escucha y es escuchada, que colabora sin prejuicios, que personas del otro talante, esas que enseguida ponen a las que no piensan como ellas en una casilla de la que es difícil salir, que dejarán de hablarte porque eres ecologista o porque defiendes la economía de libre mercado; o porque votas a la derecha, a la izquierda, en blanco o nulo. En el momento en el que la segunda categoría sea mayoría, la democracia habrá muerto, y el llamado progreso (palabra también empleada muy a la ligera y secuestrada por dos partidos) será ficticio, una cortina de humo donde esconderemos nuestras carencias como sociedad.

Ahora, ¿qué rol tiene la ciudadanía de a pie? ¿Nos expresamos así con nuestros compañeros de trabajo o de clase, proveedores o clientes? Deberíamos caminar juntos, por las vías del concilio, la empatía y la coherencia para llegar al verdadero progreso. El progreso humano, sin el cual jamás se llegará a ese «progreso» al que se refieren algunos políticos con la boca llena. Hablamos de forma envalentonada sobre tolerancia, sobre la verdadera justicia; mientras tachamos a otros de algo que probablemente no son, porque no piensan como nosotros ¿Qué lecciones de tolerancia estamos autorizados a dar entonces? Denunciamos que nuestro país, una democracia (mejorable, como muchas otras), no respeta los derechos humanos y nos manifestamos a favor del feminismo, pero iremos al bar a ver la Supercopa de España, celebrada en un país en el que hasta hace poco las mujeres no podían conducir un vehículo o en el que una de sus embajadas se cometió un asesinato que dejó a Occidente boquiabierto. Incluso, personas con cierto impacto mediático en la sociedad española (carentes de formación alguna, eso sí) se quejan abiertamente de sentencias judiciales, mientras declaran las maravillas del país donde residen, aunque esa nación esté en duda en cuanto a cuestiones básicas como el trato a homosexuales o la libertad de expresión. Algunos cargan también contra empresas y gobiernos, porque hacer poco contra el cambio climático, cuando ellos nunca viajan en transporte público, comen carne los 7 días de la semana, no reciclan o se renuevan el teléfono móvil continuamente para estar a la moda. ¿Qué coherencia hay en esto?

Hemos de fomentar el debate abierto, sano, ese que genera conocimiento, pero siempre entendiendo que nuestro interlocutor tiene otro fondo, ha sufrido otras circunstancias (y tener disposición a entenderlas) y partiendo de lo que tenemos en común. Por supuesto, denunciar por los canales adecuados los hechos que nos indignan (no solo tenemos el poder del voto, sino también poder como consumidores, contribuyentes o voluntarios), hay varias posibilidades para manifestar nuestro desacuerdo. Las personas somos seres sociales, tenemos diferencias que nos separan y características que nos unen, pero, el diálogo y las negociaciones son necesarias en todas las relaciones humanas si buscamos progresar. Sin embargo, ante este panorama, el verdadero progreso parece inalcanzable. Esto es lo que deberíamos denunciar, de lo contrario, en los libros de historia del futuro, esta generación política (y por extensión, esta sociedad) será recordada como aquella que tuvo ante si situaciones críticas como el Cambio Climático, la fragmentación de algunos Estados, el auge de los populismos o la desinformación, entre otras, pero no supo o pudo manejarlas por su baja calidad humana.

¿Para qué sirve un año sabático?

Después de entregar el Proyecto Final de Carrera, ya hace algunos años, decidí irme de año sabático (un acto de fe), para trabajar de lo que surgiera, viajar, conocer otras culturas y aclarar mi mente: básicamente decidir que quería hacer con el resto de mi vida, y dejar de lado la búsqueda de empleo profesional por una temporada. Este hecho es algo inusual (aunque poco a poco va teniendo mayor aceptación) en la sociedad española, mientras es común en países del Norte de Europa, donde algunos jóvenes suelen tomarse un año sabático antes de entrar en la Universidad. El hecho en sí causó más de una discusión con mi padre.

Tras el viaje de mi tío 10 años antes y después de ver algunos documentales asombrosos, decidí postular al visado “Work & Holiday” en Australia, que me fue concedido. Con el enfoque que te da el paso del tiempo, esa decisión fue una de las mejores de mi vida, pese a que no fue un camino de rosas ni mucho menos. Durante mis primeras semanas allí, me di cuenta de que tener un gran nivel de inglés y una buena titulación universitaria no tiene por qué abrirte las puertas del mercado laboral en otro país (pese a que encontrar un trabajo cualificado no era una prioridad, no iba a dejar de intentarlo).

Durante ese año (2016), trabajé de lo que fue surgiendo: comercial, profesor particular, albañil, empleado de cocina y camarero (sin tener experiencia en ninguno de estos últimos tres oficios). Con todo ello, conseguí asentar varios trabajos estables en los dos últimos, lo que me dio los ingresos suficientes para costear mi estancia en Melbourne (una ciudad carísima), así como poder viajar durante un mes por el país y visitar alguno de los países cercanos. Viéndolo con perspectiva, ese fue mi éxito: sobrevivir en un entorno desconocido.

Adicionalmente, trabajar en Hostelería te curte: aprendes a solucionar situaciones complicadas de manera rápida y negociar con todo tipo de personas a un nivel donde las emociones están a flor de piel, y hay una tensión constante dada la inmediatez del servicio, entre otras cuestiones. Ello es algo que me acompañará el resto de mis días, y son unas habilidades que te preparan para el 95% de los trabajos: a uno u otro nivel vas a tener que negociar con personas. Aprendí otros detalles curiosos, por ejemplo, como algunos jefes de cocina o cocineros tiene un ego enorme (hecho que es inútil en la mayoría de los casos). En ocasiones me encontré con clientes maleducados, groseros y poco viajados: de esos que piensan que tienen el mundo a sus pies y buscan cualquier excusa para quejarse y crear conflicto. En mi opinión, estos comportamientos ponen en evidencia a personas que carecen de una visión realista de la vida. Recuerdo un episodio con Rory, cliente asiduo y empresario vinícola de la región de Victoria, que me retó de forma bastante cortante tras pedirle educadamente que me repitiera la orden, ya que no la entendí en primera instancia (todo ello en inglés claro). Las personas con estos comportamientos no valorarán que no estás empleando tu lengua nativa, ni que hablas de manera fluida varios idiomas, y de nuevo, esta actitud denota una gran ignorancia. De todas maneras, son situaciones útiles: aprendes sí o sí a tener mano izquierda con esta gente, ya que obviamente, es muy probable que nos crucemos con personas similares a lo largo de nuestras vidas, pudiendo incluso tener que colaborar con algunas.

Al mismo tiempo aprendí que hay gente buena, currante y carismática sin ningún tipo de formación académica, convirtiéndose algunos en amigos para siempre; como contrapunto a gente maleducada y desagradable en posesión de títulos universitarios, trabajos de oficina y un buen sueldo. Y, siendo justos, conocí una mezcla de ambos, que suele ser la mayoría de este gran gueto al que llamamos mundo. En este ambiente, a veces hostil, otras paradisiaco, pude sobrevivir por mi cuenta, una hazaña que otros no consiguieron. Adicionalmente, pude dirigir un pequeño grupo de trabajadores, y otra infinidad de procedimientos intrínsecos al funcionamiento de una PYME. Como colofón, y gracias al mejor cocinero que he conocido nunca, mejoré mis habilidades en la cocina hasta un nivel casi profesional, algo que siempre viene bien tanto en casa, como en eventos familiares o hasta en citas.

Pierdes el miedo a muchas cosas. A una entrevista de trabajo o un proceso de selección, por ejemplo. Aprendes a adaptarte rápidamente a una nueva moneda, una nueva ciudad, un nuevo formato de Currículum, un nuevo sistema sanitario y una nueva sociedad, entre otros. Básicamente, lo que se conoce en el mundo de los Recursos Humanos como Soft Skills. Aprendes también que tras situaciones a priori extrañas o incómodas puedes encontrar sorpresas agradables. Desde una buena amiga hasta una historia que deje a la gente boquiabierta cuando se la cuentes. Por supuesto, aprendes a valorar la belleza de la naturaleza, aunque para eso no es necesario marcharse a un lugar tan lejano.

Resumiendo, ese año sabático me dio una madurez que no tenía tras acabar la Universidad. Ayudó a que tuviera una visión y conciencia globales que siempre llevaré conmigo, así como unos claros objetivos de vida (lo que los japoneses llaman ikigai), que no tenía al acabar la carrera, donde fui testigo de como algunos de mis compañeros corrían de entrevista en entrevista como pollos sin cabeza. Aprendí de primera mano, que una genuinamente buena actitud y ganas de trabajar, te abren muchas puertas y posibilidades. Quisiera resumir aquella experiencia citando a mi madre quien, mientras conversábamos tras mi llegada, dijo: “Has hecho un Máster en supervivencia hijo, eso es algo que no aprendes en la Universidad.”

Asalto al contenedor

“Y cuando fueron saciados, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que han quedado, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.”

Juan 6: 12, 13

Cada año, 4.300 millones de toneladas de alimentos se producen para consumo humano, aunque 1.300 millones acabarán en la basura (un 30% de la producción total) por diversos motivos.

Este enorme malgasto supone un problema mayor a nivel internacional, acentuando fallos sistemáticos en el modelo actual de producción de alimentos, que sigue un sistema lineal. Si extrapolamos el malgasto a otros indicadores, ello implica que casi un tercio de los recursos (tierra, agua, energía, etcétera), trabajo humano y emisiones de dióxido de carbono (CO2) que se emplean en la producción de alimentos son malgastados. Este malgasto supone un 8% de las emisiones de CO2 antropogénico. Si la comida malgastada fuera un país, sería el tercero en emisiones de CO2, solo superado por Estados Unidos y China. Adicionalmente, cada día comemos más cantidad: la ingesta de alimentos per cápita ha aumentado en un 10,4% entre 1984 y 2015. El malgasto de comida es un capricho absurdo que no podemos seguir cometiendo.

Por estos y otros motivos, que se pueden consultar en mayor detalle en esta estupenda charla del británico Tristram Stuart, un estudioso del tema, me interesé en lo que se conoce como “freeganism” ó “dumspter diving”, que se traduce en gratisismo o “buceo en basureros”. Este interés fue catalizado por mi compromiso medioambiental, así como las carencias sistemáticas que encuentro en el modelo de consumo actual.

Así, a partir de septiembre de 2019, cuando empecé a vivir en Copenhague, decidí probar eso de comer lo que tiran los supermercados (algo que, ya fuera por la rutina o por la presión social, nunca me había planteado en mi ciudad y país de origen). La experiencia está siendo positiva hasta ahora: llevo alimentándome en un 85% (sigo comprando algunos productos puntuales como café, huevos o leche) de la comida que encuentro en contenedores de supermercados de la ciudad. Adicionalmente, también hay una entidad, Foodsharing Copenhagen, que dos veces a la semana distribuye comida que ha sido descartada por los supermercados. A ellos también he acudido en un par de ocasiones. En ningún momento he tenido problemas de salud, ni he comido algo que estuviera en un estado dudoso, ni problemas de digestión; nada de eso. Toda la comida que he encontrado estos meses ha sido perfectamente comestible. Ahora, me empecé a preguntar ¿Cómo hemos llegado a malgastar tanta comida? Es una cuestión compleja, que responde a una igualmente compleja cadena de suministro y a la ley de la oferta y la demanda. La cadena de suministro habitual de alimentos sigue el esquema:

En todas estas fases se desperdician alimentos (y por distintos motivos en cada una de ellas). Esta acción se centra en la fase de almacenaje y venta, que representa un 23% del desperdicio total de comida. En la fase previa al consumo, se estima que se desperdicia un 40% del total, y el 37% restante en los hogares, aunque las cifras varían según las fuentes.

Desde el lado de los supermercados, hay mucho margen de mejora (y mucho trabajo para el departamento de Responsabilidad Social Corporativa). Hemos de tener claro que son empresas, cuyo fin prioritario es maximizar su beneficio a cualquier precio (incluso si ello incluye descartar comida diariamente, apta para el consumo humano). Pueden invertir en iniciativas verdes para “cuidar el planeta”, como la reducción de bolsas de plástico, zonas con comida a granel e incluso innovadoras fundaciones o escuelas para empresas; pero poca información darán al respecto de la comida que tiran (el impacto ambiental de ello, probablemente, sea mayor a la combinación del resto de iniciativas verdes). En varias ocasiones, se ha acusado a algunas cadenas de esparcir lejía u otros químicos contaminantes antes de tirar la comida, para prevenir que personas (habitualmente sin techo) se alimenten de estas sobras.

Francia se convirtió, en 2016, en el primer país que prohibió a los supermercados tirar comida introduciéndola en contendores, o destruirla (como en el caso de la lejía), haciendo obligatoria su donación a entidades benéficas y bancos de alimentos. Recientemente, Frans Timmermans, vicepresidente primero de la CE, aseguró que “Malgastar comida es inaceptable, en un mundo en el que millones sufren de hambruna y donde nuestros recursos naturales están empezando a escasear […]”. En este sentido, se precisa de una legislación específica – tanto a niveles nacionales como comunitarios – para paliar esta lacra. Existe también una sobreproducción desde la etapa primaria, que debería regularse para poner en práctica actividades sostenibles o circulares, como, por ejemplo, usar los excedentes de la agricultura como alimento para ganado.

Ahora bien, como consumidores, también tenemos parte de culpa. Se necesita mayor formación e información, por ejemplo, sobre la fecha de consumo del producto (no es lo mismo fecha de caducidad que consumir preferentemente), hemos de comprar con cabeza, emplear el congelador cuando vemos que no nos vamos a comer algo, etcétera. Los consumidores también tenemos capacidad para cambiar el sistema: haciendo ver a los supermercados, que la situación es absurda, y proponiendo alternativas. Esto pasa, por preguntar a las personas encargadas de las tiendas, que hacen con los excedentes, y si se podrían reintroducir en la cadena de otra manera. Hemos de hacer ver que preferimos que se done la comida al final de día (u ofertarla más barata), antes que se tire a la basura, por el coste humano (no olvidemos la hambruna que muchos padecen) y de recursos que se desprecian.

Volviendo a la vivencia personal, hacer esto me ha dado una experiencia, de primera mano, de este grave problema. Mantengo una dieta equilibrada, y también he notado un ahorro económico notable. Aproximadamente, he dejado de gastarme 910 € (6.800 DKK), entre los meses de septiembre y enero. A continuación, muestro unas fotografías y tablas con algunas de mis colectas:

Se trata de un tema estigmatizado y controvertido, asociado con prácticas relacionadas a entornos marginales y/o pobreza, al menos en la mayoría de los países. Si es cierto que la mayoría de los que buscan en estos contenedores son personas a las que les cuesta llegar a fin de mes, o directamente personas sin hogar. En Dinamarca, sin embargo, está algo más aceptado al ser una sociedad con menos tabúes, en ocasiones he salido de ‘colecta’ con colegas internacionales (estudiantes de un máster sobre sostenibilidad), siendo además una actividad entretenida. Puntualmente me he encontrado con gente joven (25-35 años) y hasta un padre con sus hijos esperando fuera del recinto.

Adicionalmente, cuando la noche de colecta se acerca, siento una especie de “instinto del cazador recolector” (de un país desarrollado del en el Siglo XXI, todo sea dicho), que me genera cierta emoción. ¿Qué encontraré hoy? ¿Quizás masa de pizza que puedo congelar para el fin de semana? ¿Habrá naranjas esta vez? ¿Estará la puerta de acceso abierta, o tendré que saltar la valla como hacía al principio? Todo el proceso genera lo que llamo las normas del asaltacontenedores, un código al que muchos nos adherimos. Dejar todo como si no hubiéramos pasado por allí (se previene que el supermercado se percate y nos cierren el chiringuito) y no llevarnos más de lo que necesitamos son sus fundamentos más básicos.

A nivel individual, una persona no soluciona nada en términos absolutos con sus actos, pero compartirlo es ya de por sí darle un foco y contar una realidad que muchos desconocen. Los supermercados sin duda han de poner mucho de su parte, así como los consumidores y los legisladores. No podemos seguir mirando hacia otro lado. Me entretiene – y entristece a la vez – pensar que, si por alguna de aquellas, una especie alienígena observara esta situación desde el espacio, se llevarían las manos (o los tentáculos) a la cabeza, exclamando algo como: “¡Pero que idiotas son estos humanos!”

Fuentes:

Ellen MacArthur Foundation, 2019. Cities and Circular Economy for Food. [Online]. Disponible en: https:// www.ellenmacarthurfoundation.org/publications/cities-and-circular-economy-for-food

FAO, 2013. Food Wastage Footprint Impacts on natural Resources, Rome: Food and Agriculture Organization of the United States.

FAO, 2015. Food wastage footprint and Climate Change. [Online]. Disponible en: http://www.fao.org/3/a-bb144e.pdf

FAO, 2017. Key Facts of Food Loss and Waste You Should Know. [Online] Disponible en: http://www.fao.org/save-food/resources/keyfindings/en/

FAO, 2019. The State of Food and Agriculture. [Online]. Disponible en: http://www.fao.org/state-of-food-agriculture/en/

Lipińska, Milena, Marzena Tomaszewska, and Danuta Kołozyn-Krajewska. 2019. “Identifying Factors Associated with Food Losses during Transportation: Potentials for Social Purposes.” Sustainability (Suiza)

Stuart, Tristram, 2009. Waste: Uncovering the Global Food Scandal. Londres: W.W. Norton & Company.

UN, 2018. The World’s Cities in 2018. [Online]. Disponible en: https://www.un.org/en/events/citiesday/assets/pdf/the_worlds_cities_in_2018_data_booklet.pdf

Los medios y el Cambio Climático. Greta Thunberg y el movimiento Fridays for Future

El tema que nos ocupa es el tratamiento informativo que se ha dado al Cambio Climático, y el tratamiento particular que los medios dan a la adolescente activista Greta Thunberg, y el movimiento Fridays for Future. Sin duda, es uno de los temas del momento en el panorama internacional, coincidiendo con la cumbre COP25 que se celebra estos días en Madrid.

En primer lugar, expresaré dos cuestiones. La primera, dadas mis inquietudes y formación académica, es que el Cambio Climático es el mayor problema al que se ha enfrentado la humanidad desde el fin de la Edad Moderna y que, durante muchos años, lo hemos obviado. Como dirían los anglosajones, ha sido “The Elephant in The Room”. La segunda es que, como técnico, me sorprende que haya de llegar una niña (y el movimiento que ha arrastrado) y apelar a nuestra empatía o factor humano para que el Cambio Climático cope portadas de periódicos y otros titulares; sin embargo, me causa algo de esperanza que se empiece a tratar con algo de rigor en los medios. A ello me remitiré al final del artículo.

Desde varios medios, se ha criticado recientemente la figura de Greta Thunberg (muchos medios lo hacen, y lo veo hasta lógico dada su alta exposición), diciendo que la infancia no se la ha robado el mundo (en alusión al factor antropogénico del CC) sino sus padres, que qué tiene que contarnos esta niña que no nos cuenten los científicos, etcétera. Desgranaré mi análisis de este tema por puntos:

En primer lugar, Greta Thunberg tiene 16 años. Es una niña. Con esto quiero expresar que sí, carece de formación académico-científica. En eso deberíamos estar de acuerdo. Ahora bien, muestra una hipersensibilidad anormal a su edad. Pensemos en que hacíamos nosotros, nuestros primos o hijos, a esa edad. En mi caso era un chico normal y corriente que dedicaba su tiempo libre a jugar a la videoconsola y hacer deporte. Conozco actualmente a varias personas en edad similar, y se dedican a juguetear con su móvil cada dos por tres, salir con sus amigos/as y “disfrutar” de las primeras relaciones con la bebida y el sexo opuesto, como el 90% de los adolescentes de esa edad. En este caso, estamos ante una persona que domina perfectamente al menos dos idiomas (sueco e inglés) y tiene el ímpetu de hacer varios discursos ante decenas de periodistas internacionales. Todo ello habiendo sido diagnosticada con síndrome de Asperger y Trastorno Obsesivo Compulsivo. Estamos pues, ante una figura que sale de lo habitual u ordinario para las niñas de su edad, o sea, una figura extraordinaria.

Ahora bien, a partir de aquí, podemos divulgar en que es mejor o peor para su futuro. Más allá de entrar en valoraciones banales, imagino que estudiar una carrera en el campo técnico-medioambiental sería el camino a seguir para esta joven en el futuro cercano y evitar la toxicidad que puede difundir el circo mediático a una edad tan temprana.

¿Qué ha hecho esta niña para que se le dé tanto bombo? Apelar a mucha gente que no se sentía implicada con el CC. Greta Thunberg nos apela, porque es una NIÑA. Aquellos que dicen que hemos de escuchar a los científicos tienen razón, claro, pero aquí hay algo más trascendental, sobre cómo la información llega a la opinión pública.

¿Cuántos años llevan los científicos hablando e intentando que cale el mensaje de la gravedad del cambio climático? Más de 50. Sería una ardua y abrumadora tarea enumerar los infinitos informes sobre emisiones de gases de efecto invernadero, cualquiera con dos dedos de frente y un ordenador con acceso a internet puede encontrar información de base científica sobre el problema. Quizás uno de los indicadores más antiguos y conocidos sea la curva Keeling, que representa desde 1958 la concentración de CO2 en la atmósfera terrestre sobre el observatorio de Mauna Loa, en Hawái. Otro de los informes más populares son los Informes del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organismo perteneciente a la ONU, que publica informes periódicos respecto al tema. Sin embargo, estos datos e informes no copan titulares informativos al no tener atractivo como noticia.

¿Qué ha conseguido Greta Thunberg (y las personas que la asesoran)? Que se debata del tema fuera de círculos científicos. Porque una niña triste apela a nuestra empatía, no podemos mandar a paseo a una niña, mientras es mucho más común mandar a paseo informes de científicos con bata y gafas, a políticos que no piensan como nosotros o a nuestro amigo de la infancia que se ha vuelto un idiota con los años (que en realidad, siempre fue un idiota y los que cambiamos fuimos nosotros, pero ese es otro tema). Encuentro en ella similitudes con figuras como Malala o la Infanta Leonor, cuyo reciente discurso en catalán nos emocionó a muchos. ¿No había denuncias sobre las carencias educativas para las mujeres en Pakistán o India hasta que apareciera Malala? ¿La casa Real no había manifestado con anterioridad su cariño con Cataluña? La respuesta es sí para ambas cuestiones, pero, al tratar con niñas, el corazón se nos enternece, llegando el mensaje mejor.

Analizando la cuestión climática en mayor profundidad, existe en el tratamiento informativo una cuestión fundamental. El clima no puede expresarse. No existe interlocución con él. Es por ello que, subconscientemente, no hemos empatizado durante años con ello, por lo que los datos que mencioné previamente, no son noticia. Un ejemplo directo de lo que trato de expresar: con la implantación de Madrid Central, alguno de los afectados se quejaba, ya que podía ser ruinoso para su negocio. El relato (ficticio) de Juan bien podía ser este: “no sé qué voy a hacer con mi negocio, porque los proveedores me preguntan si pueden entrar a descargar o no, esto me puede llevar a la ruina”. Lo vemos en el telediario, o lo escuchamos en su programa y nos decimos: “Pobre Juan. Esto no es justo.

Empatizamos directamente con un testimonio personal, no con datos. Los científicos no tienen ese poder de conexión con la sociedad civil como puede hacerlo una niña, forma parte de la naturaleza del ser humano. Cómo técnico, ello me deprime, pero es la sociedad en la que vivimos. ¿Con que frecuencia trataban el CC en algunos medios generalistas antes de que apareciera este fenómeno (Fridays for Future)? Seguro que mucho menos que ahora. Sinceramente, es una pena. Los medios – y la sociedad en general – deberíamos evaluar también qué vende (y qué queremos consumir) como noticia.

Ojo, mención aparte para estos que la aplauden de forma enfervorizada tras su discurso, en ellos veo ignorancia. Estos movimientos también traen estas reacciones. Personas que nunca ha leído y/o se ha informado del tema, que viene una niña a contarle la historia, y se pone a aplaudir como borregos (luego, no moverán un dedo por contribuir a mitigar el CC). En fin, gente ignorante – esnobs que seguirán cualquier moda – la hay en todas partes. Aun así, de nuevo, vuelvo al tratamiento de la información: si no llega a ser por esta niña, no estarían debatiendo el tema. Es un cuchillo de doble filo.

Finalmente, quisiera terminar con las personas que faltan o insultan directamente a una niña. Son unos cobardes. Bajo mi punto de vista, aquellos que insultan a la Infanta Leonor antes de visitar Barcelona, como los que se meten con Greta Thunberg por su viaje en velero, son la misma chusma. Chusma que, además, suele insultar por redes sociales, sin posibilidad de réplica o reprimenda. Me causa vergüenza ajena, y muestra lo peor del alma del ser humano.

Ahora, esta chica ha de andar con mucho cuidado a partir de ahora, siendo un personaje público, cualquier error que cometa será aprovechado por sus detractores para quemar viva su figura. Debe además encontrar un equilibrio, el camino que le garantice un futuro personal pleno, y su exposición mediática puede mermar este camino si no se asesora adecuadamente. Debemos dejar de dar bombo a la joven activista, al menos, en los medios serios y coherentes (medios que se ceban sobre la carnaza hay unos cuantos que no van a dejarlo), y centrarnos en la emergencia mundial ante la que nos encontramos. Ello tiene la mayor trascendencia para todos.

Cambio Climático (I): ¿Qué es el Cambio Climático? Causas y consecuencias

El cambio climático ya ha llegado, está en nuestras manos que sea más o menos grave.

Llamamos cambio climático a un proceso global, por el cual las temperaturas medias en la superficie del globo terrestre están – y van a seguir – subiendo unas décimas o varios grados. Pese a que, a priori, esto no suena demasiado impactante, si lo es. Este aumento de las temperaturas puede tener unos efectos irreversibles y devastadoras para el planeta tal y como lo conocemos a causa de varias de sus consecuencias.

Entre estas consecuencias, se encuentran el deshielo de grandes masas de agua congeladas (en los polos, por ejemplo), el aumento del nivel de los océanos, el aumento de la temperatura en los océanos, la desertización de zonas vulnerables y su posible inhabilitación para la vida, y la extinción de especies (lo que se conoce como “la sexta extinción”). Estas son algunas de las consecuencias del cambio climático.

Todo esto suena grave, gravísimo, pero ¿por qué está sucediendo? El cambio climático es una consecuencia del efecto invernadero, que a su vez se origina tras la emisión descontrolada de gases de efecto invernadero a la atmósfera terrestre. Entre los gases de efecto invernadero se encuentran:

  • el dióxido de carbono (CO2), el más perjudicial debido a que es el que más abunda en la atmósfera (el metano es más perjudicial, pero hay menos), se emite en los procesos de combustión con oxígeno (básicamente, cuando se quema un combustible fósil);
  • vapor de agua (H2O), que también se produce en los procesos de combustión (entre otros),
  • metano (CH4), se produce por distintas fuentes, entre las que se incluye la descomposición de materia orgánica (por ejemplo, en vertederos o bosques) o en explotaciones agropecuarias;
  • y otros de los que se habla menos: el ozono (O3), los óxidos de nitrógeno (NOX) y los clorofluorocarbonos (CFC). Estos gases, una vez liberados en el entorno, suben hacia la atmósfera, concentrándose en sus capas, especialmente en la troposfera.

En condiciones normales, el sol irradia a la tierra con su energía, a través de ondas de luz, calentando a la tierra. Parte de esa luz se queda en la tierra, mientras que la otra parte sale de ella, como ‘rebotada’. Esto ha funcionado así durante cientos de siglos, moldeando el clima y la vida en la tierra. El efecto invernadero se da cuando, ante la presencia de gases de efecto invernadero, la luz solar que abandona la tierra sea cada vez menor, quedándose más luz (más calor) dentro. Hemos hecho que la concentración de estos gases aumente durante los últimos 100 años, haciendo que la tierra se esté calentando mucho y en muy poco tiempo (para la vida del planeta, 100 años son como un segundo en una vida humana). Bienvenidos, estamos en la era del mayor cambio climático que ha sufrido la tierra en toda su historia, y somos nosotros (los seres humanos) los que le hemos invitado a esta fiesta.

Figura 1. Esquema representatiivo del efecto invernadero, principal causa del cambio climático. Fuente: AstroCamp School Programs.

Ahora bien, ¿por qué emitimos gases de efecto invernadero si tanto están dañando a nuestro único planeta? La respuesta es muy compleja, y tiene que ver en parte, con el desarrollo tecnológico y económico durante el Siglo XX, el transporte de personas y mercancías, la industria; así como la deforestación y la demografía; temas que serán tratados en siguientes artículos. Lo que sí está claro es de donde viene estos gases: de la combustión de combustibles fósiles principalmente. Y la combustión de estos combustibles está presente en el día a día de la humanidad, a una escala gigantesca.

Cuando viajamos en automóvil o motocicleta, estamos emitiendo partículas de CO2, así como cuando viajamos en avión (muchas más). Si hacemos la compra en un gran supermercado, es altamente probable que para producir y llevar al punto de venta los productos que estamos comprando, se hayan emitido partículas de CO2. Esto son solo un par de ejemplos corrientes, si profundizamos más, la economía del Siglo XX ha dependido en gran medida de la industrialización, lo que ha traído muchos avances tecnológicos para los que, como habrás imaginado, se han tenido que quemar grandes cantidades de combustibles fósiles.

Ahora bien, hemos nombrado algunas consecuencias, pero ¿tenemos pruebas ahora que certifiquen que este cambio está ocurriendo realmente? Si, muchísimas. Innegablemente, el cambio climático ha entrado en casa… y aquí se va a quedar durante mucho tiempo. Algunas de las consecuencias para las que ya hay evidencias se listan a continuación:

  • La concentración de CO2 en la atmósfera terrestre. Esta magnitud se lleva midiendo desde 1958, en el observatorio de Mauna Loa, en Hawái. Se representa mediante la curva Keeling (que lleva este nombre en honor al científico que comenzó estas mediciones) y se muestra a continuación.
Figura 2. Concentración de CO2 en la atmósfera terrestre (partes por millón), 1958-2019. Fuente: Observatorio de Mauna Loa.

  • Deshielo de grandes masas de agua congelada, entre el periodo 1950 – 2000 aproximadamente. A continuación, podemos contemplar la evolución del glaciar de Pasterze, en Grossglockner (Austria), del que se estima su volumen se ha reducido a la mitad desde que hay mediciones (año 1851).
Figura 3. Glaciar de Pasteze, Grossglockner, Austria; periodo 1938-2016. Autor: Wolfgang Zängl.

  • Alteraciones climáticas notables. En España, según un informe presentado por la Agencia Estatal de Meteorología y el Ministerio para la Transición Ecológica de marzo de 2019, el verano dura cinco semanas más que durante la década de los 80.

Ahora bien, hay muchísimas evidencias adicionales que demuestran como las actividades del ser humano están modificando de forma alarmante el clima del planeta. Únicamente depende de nuestras próximas – e inmediatas – acciones que este cambio sea grave o muy grave.

Para saber más:

Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Naciones Unidas. https://www.ipcc.ch/languages-2/spanish/

Que es el Cambio Climático. Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico. https://www.miteco.gob.es/es/cambio-climatico/temas/que-es-el-cambio-climatico-y-como-nos-afecta/

Cambio Climático. Greenpeace. https://es.greenpeace.org/es/trabajamos-en/cambio-climatico/#:~:text=El%20cambio%20clim%C3%A1tico%20es%20un,al%20aumento%20de%20la%20temperatura.