
Las relaciones afectivo-amorosas, como todo en esta vida, han evolucionado mucho recientemente. Razones para ello, hay muchas: mayor igualdad de derechos entre mujeres y hombres, mayor variedad en los tipos de relación y personas con las que salir, mayor aceptación de distintas orientaciones sexuales, irrupción de las redes sociales y plataformas tecnológicas en nuestro día a día, etcétera.
Teniendo en cuenta todos estos cambios, con frecuencia el principal fin que se busca en una relación amorosa, es que sea duradera y basada en el afecto con la otra persona, en la que eventualmente se busca compartir el largo plazo. Los seres humanos somos eminentemente sociales y la ciencia apunta a que las relaciones estables, ya sean amistades, familiares, otros lazos sociales, y la relación de pareja (uno de los estudios más reconocidos es el estudio de desarrollo adulto, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard); son un factor determinante en el bienestar y la felicidad individual a largo plazo. Una interpretación es que anhelamos la calidad, antes que la cantidad, en las relaciones.
El amor de pareja es así, para muchas personas, una experiencia esencial destinada a nutrirnos. Ojo, el amor platónico, en el que se espera a otra persona perfecta, que nos llene y satisfaga las 24 horas del día, es un prototipo irreal y que puede resultar muy perjudicial para quien tenga tales expectativas. Toda relación, por sana que pretendamos que sea, no está exenta de tensiones y momentos difíciles.
Dicho esto, establecer ahora una relación comprometida de larga duración, sana y equilibrada, parece una tarea más difícil. Las nuevas tecnologías, con aplicaciones que nos garantizan citas con infinitas personas, han sido el caldo de cultivo idóneo para un cambio en las reglas del juego, con nuevos conceptos como el ghosting, benching, breadcrumbing y otros que priorizan la cantidad, en lugar de la calidad. Sin embargo, también se han popularizado aspectos de la psicología de las relaciones, como la responsabilidad afectiva o la teoría de los estilos de apego, de manera paralela, que no tenían tanta presencia hace algún tiempo.
Nuestras relaciones y las expectativas que ponemos sobre ellas, fácilmente pueden ser fuente de alegrías, pero también de grandes tristezas y desdichas. ¿Quieres saber qué ingredientes básicos contribuyen a que una relación duradera funcione? Sigue leyendo, y te muestro una selección.
Autoconocimiento (esto sería un prerrequisito). Consiste en saber lo que se quiere de una relación. Tener claras nuestras necesidades, prioridades, virtudes y carencias, así como nuestras líneas rojas o no-gos. Idealmente, se da dentro de cada persona, antes de empezar una relación. Esto nos ayudará a formar cierta estabilidad emocional y nos predispone a eventualmente tener relaciones más seguras. Si no estamos predispuestas, de forma subconsciente, a tener una relación, será muy complicado que lo que viene a continuación nos funcione. Y si no tenemos nuestras características claras, corremos el riesgo que alguien se aproveche emocionalmente de nuestras carencias.
El primer ingrediente es la atracción, esa “chispa” o química. La atracción es el gancho, lo que nos llama la atención y gusta de esa persona, el interés inicial. Ahora, una relación es difícil que se sustente sólo en eso, por lo que esa chispa debe desembocar en respeto y reconocimiento. Esto implicar ver a otra persona que nos atrae, y además la reconocemos como alguien con necesidades y expectativas emocionales, que merece o desea (en el mejor de los casos, ambas), el mismo cariño que tú esperas. Si ambas personas reconocen esto, se ha empezado con buen pie. Si, por el contrario, sientes que tu pareja te minimiza, desatiende abiertamente tus necesidades emocionales o peor, te menosprecia, no estás en una relación sana.
En segundo lugar, y quizá, como consecuencia del primer ingrediente, estaría la admiración. Tras la química y el interés, debería haber algo de la otra persona, una característica o actitud, que nos parezca admirable. De nuevo, esto no es una veneración platónica (siempre habrá cosas que no nos gusten de nosotros, así como de nuestra pareja), ni que la tengamos en un pedestal permanente. Significa que, más allá de romanticismos, tengamos un interés genuino por la otra persona en algunos de sus quehaceres específicos. Puede ser, que admiremos como habla en público, como razona en cuestiones políticas, o lo bien y creativa que es a la hora de cocinar, por poner ejemplos.
En tercer lugar, vendría la sensibilidad. Compartir parte de nuestras vidas con otra persona implica que sus problemas (al menos, algunos) pueden ser parte de los nuestros, así como sus éxitos. Si nuestra pareja lo pasa mal, se duele, y nosotros no sentimos nada, vamos por mal camino. De igual forma, si ella se alegra, tiene un éxito, su buen ánimo nos debería contagiar, y viceversa. Como leí a Walter Riso, esto se resume en: tu dolor, me duele; tu alegría, me alegra.
El cuarto ingrediente sería lo que se conoce como complementariedad o interdependencia. Lo explico con una situación que seguro te suena: ¿tienes una amiga/o, que cuando empieza una relación con otra persona, desaparece? Quedar con ella/el, se hace difícil y cuando se da esa situación, siempre pide traer a su pareja. Quizá incluso te identifiques. Si ese es el caso, esa pareja no tiene una relación interdependiente, sino una muy dependiente, en la que ambas vidas se solapan por completo. Si queremos una relación equilibrada, hemos de entender que esta no es el todo de una persona, sino una parte importante. Las personas que han pasado temporadas largas de soltería, parten con ventaja en este punto. Está la vida de una, la vida de la otra, y la vida de ambas personas: el lugar común donde nos encontramos e intentamos divertirnos. Complementariedad implica querer y tolerar hacer cosas por separado, y por supuesto disfrutar de las cosas en común y exclusivas a la pareja: esa costumbre o afición, esas actividades (tanto dentro como fuera de la cama), viajes o conversaciones, que nos encanta hacer juntos. En una relación complementaria, hay más lugar para las sorpresas, y menos para la monotonía. No tenemos por qué compartir todo, pero sí compartir varias cosas, a poder ser numerosas y muy buenas.

El quinto ingrediente, consecuencia de los anteriores, es el reparto de poder o democracia. Las relaciones son en parte un ejercicio de control, y por normal general, nos gusta sentirnos en control de nuestra vida como individuos. Cuando otra persona entra en ella, por tanto, perdemos algo de ese control en su favor, lo que nos puede asustar, pero al mismo tiempo es algo indispensable si buscamos una relación comprometida. Por eso, es conveniente que el poder esté repartido entre ambas personas (a poder ser que tengan un compás emocional similar), e inconveniente que el poder lo tenga una persona sobre la otra de manera constante. Ahora, ¿cómo se llegar a esto? En primer lugar, teniendo claro lo que queremos (el prerrequisito del inicio). No teniendo miedo a hablar, sintiéndonos relajados en la relación. Si sentimos que podemos ser nosotros mismo dentro de la relación, es una buena señal. Si sentimos que hemos de cambiar nuestra actitud constantemente, quizá para impresionar o dar una cierta imagen; no estamos haciendo las cosas bien. Si una persona tiene miedo de las reacciones o actitudes de la otra, tampoco es una buena señal. ¿Puedo ser yo mismo/a en la relación? Si la respuesta es sí, genial. Esto nos llevará a negociar – parte importante de toda relación – desde la igualdad, no desde la inferioridad o carencia. Democracia en la relación significa repartir el poder.

Finalmente, el catalizador principal para que todo esto funcione es la comunicación. Abierta, no violenta, clara, bienintencionada y amable – nada de dejarse llevar por impulsos, que nos pueden traer una mala pasada. Y tomarse las cosas con calma, como personas tenemos virtudes, defectos y estados emocionales variados. Si bien es cierto que hay muchísimas variables aleatorias que ocurren en cualquier relación, y por supuesto ha de haber química, podemos “entrenar” a nuestro corazón a tomar las decisiones que más posibilidades tengan de hacernos felices. Estos ingredientes pueden contribuir a ello.
En España, hay notables expertos como Arun Mansukhani, Luís Muiño, Marian Rojas Estapé o Walter Riso, que trabajan con el afecto y las relaciones de pareja, tanto mediante publicaciones y como con consultas (y muchos más con menor presencia mediática). Partes de su trabajo me han inspirado para escribir el artículo, así como de la teoría de los estilos de apego y otras publicaciones que he estudiado.



































