
El baño en invierno, conocido en inglés como winter bathing, es una práctica común en Escandinavia. Dependiendo de la zona en la que nos encontremos, es fácil encontrar clubes de baño junto al mar que abren sus puertas todo el año, para que nos peguemos un chapuzón en estas frías aguas. Muchos incluyen una o varias saunas en su oferta y fuera de estos clubs es fácil encontrar zonas acondicionadas para pegarnos un baño rápido en invierno, ya sea en las costas danesas, suecas o noruegas: ¡solo apto para auténticos vikingos!
Su origen se remonta a algunas culturas de origen nórdico y ruso, donde sumergirse en aguas frías se consideraba una actividad revitalizante, respetada y fortalecedora. En los países escandinavos, también se ve como actividad social o de camaradería, en los mencionados clubes, o de forma independiente, como ritual de valentía y método de relajación mental y resistencia física.
¡Estás majareta! ¿Por qué te metes ahí? ¡Te va a dar una pulmonía, hijo! Son varias de las cosas que me han dicho, aquellas personas a las que confieso que me baño en aguas casi heladas. Es cierto, con el tiempo mis ganas, tiempo y frecuencia del baño en invierno solo han hechos que crecer. Me tiene enganchado. ¿Por qué? Lo intento explicar a continuación.

Efectos del baño invernal en nuestro cuerpo
Para comenzar, conviene mencionar que la práctica habitual del baño de invierno tiene indicios de traer beneficios a las personas que la practican, especialmente si se trata de individuos con una buena forma física, aunque su práctica también puede conllevar algunos riesgos, para aquellas más inexpertas que pasan demasiado tiempo en el agua, o las que presentan problemas cardiovasculares.
Bañarse en invierno, en aguas con una temperatura por debajo 10 oC, nos lleva a una situación fisiológica muy estresante. Al entrar en contacto con el agua fría, sufrimos una especie de descargas eléctricas que nos estremecen el cuerpo y causan que respiremos con mayor intensidad y desorden, o sea, que hiperventilemos. Al mismo tiempo, los latidos de nuestro corazón se acelerarán, así como nuestra presión arterial: nuestro cuerpo entra en un pequeño estado de shock. Este shock le envía señales a nuestro cerebro: se activa en nosotros un sistema de alerta o defensa, tal y como ocurre cuando estamos ante un peligro inminente. Esto desencadena una secreción de endorfinas, serotonina y dopamina, comúnmente conocidas como las hormonas del bienestar.
A pesar de todo, lo ideal es permanecer en el agua entre uno y cinco minutos, intentando nadar un poco o caminar si tocamos el fondo. Esta mezcla de reacciones químicas y exposición a una temperatura extrema pueden causar una mejora del estado de ánimo y reducción de nuestros niveles de estrés, con el tiempo. En el agua, nuestra mente se centra en un solo pensamiento: sobrevivir. Una vez salimos y nuestro cuerpo comienza a recuperar su temperatura, suele invadirnos una particular sensación de bienestar. En cierto modo, tras esa inyección de frío y vitalidad, nuestro día solo puede mejorar. Es por ello por lo que recomiendo practicarlo por la mañana, cuando todavía nos queda día por delante.
Personalmente, me sirve para apaciguar la mente. Cuando entro en el agua, intento controlarme y aguantar un par de minutos, obviando las señales que envía mi cuerpo. Esta forma de concentración sigue cuando salgo del agua: mi cerebro se centra únicamente en ganar calor, no hay sitio para otros pensamientos. Cuando pasan unos minutos – llevar un termo con bebida caliente también ayuda – me invade una lenta sensación de calma.

Consejos para practicar el baño invernal de forma segura
Resulta esencial seguir unos pasos para comenzar a sumergirnos en agua gélida de manera segura. A continuación, los listo:
- Siempre que podamos, es recomendable bañarnos en compañía o presencia de otras personas. Debemos acudir con ropa suficientemente abrigada y tener una toalla grande a mano.
- Entrar en el agua gradualmente, a poder ser en un acceso mediante escaleras, nada de tirarnos al agua de cabeza.
Podemos empezar a practicarlo en agosto o septiembre, e ir entrando cada finde de semana conforme pasen los meses, para ir acostumbrándonos hasta que llega el invierno. - Comenzar con inmersiones de unos pocos segundos e ir incrementando el tiempo dentro del agua, progresivamente. Nuestro cuerpo se irá adaptando así al frío.
- Controlar nuestra respiración en la medida que nos sea posible.
- Mucho ojo con las escaleras al entrar al agua: una superficie helada puede hacer que resbalemos. Una vez dentro del agua, no perder las escaleras o acceso de nuestro campo de visión.
- Tener en cuenta las condiciones climáticas y evitar bañarnos en un episodio de tormenta, o con vientos o corrientes muy fuertes.
- En caso de que optemos bañarnos entre placas de hielo, queda totalmente prohibido sumergirnos bajo éstas.
A pesar de los desafíos, aquellos que adoptamos el baño invernal experimentamos una sensación única de recompensa. Esa recompensa viene con el kick, o pico de adrenalina, y es para mí suficiente, ya que la sensación de paz posterior dura varias horas: la mente se aclara y el cuerpo se siente lleno de energía. Esta es mi respuesta a la pregunta del inicio, aquel ¿por qué te metes ahí?
Con el tiempo, algunos ven esta práctica como un ritual rejuvenecedor, y muchos encuentran un sentido de logro y bienestar que solo el invierno puede ofrecer. Y tú, ¿has probado el baño invernal? Puedes compartir tu experiencia en la sección de comentarios.

Si quieres leer más, aquí tienes varios artículos sobre el tema (el segundo es, en mi opinión, el más completo):
Gibas-Dorna, M. et al. (2016) ‘Cold water swimming beneficially modulates insulin sensitivity in middle-aged individuals’, Journal of Aging and Physical Activity, 24(4), pp. 547–554. doi: 10.1123/japa.2015-0222.
Knechtle, B. et al. (2020) ‘Cold water swimming—benefits and risks: A narrative review’, International Journal of Environmental Research and Public Health, 17(23), p. 8984. doi: 10.3390/ijerph17238984.
LaVoy, E.C.P., McFarlin, B.K. and Simpson, R.J. (2011) ‘Immune responses to exercising in a cold environment’, Wilderness & Environmental Medicine, 22(4), pp. 343–351. doi: 10.1016/j.wem.2011.08.005.
van Tulleken, C. et al. (2018) ‘Open water swimming as a treatment for major depressive disorder’, BMJ Case Reports [Preprint]. doi: 10.1136/bcr-2018-225007.