
Existen numerosas formas de meditar, algunas llevan en práctica desde hace siglos, mientras otras solo llevan practicándose unas pocas décadas. Es difícil por tanto hablar de una meditación, como concepto generalista, lo que sí parece probado son sus beneficios para la salud mental, existiendo numerosas fuentes científicas que así lo defienden. La meditación, bien realizada, es por tanto una de las maneras por las que podemos reducir nuestros niveles de estrés y ansiedad. Además, puede aportarnos otros beneficios entre los que se encuentran la mejora de las capacidades de atención y concentración, nuestro propio conocimiento, mejora de nuestras relaciones interpersonales y la proliferación de pensamientos más positivos.
Dicho esto, existen varias formas de meditar. Algunas están enfocadas a “vaciar” la mente de pensamientos, otras a hacernos tener más control sobre nuestros pensamientos, a tener una mayor conciencia del presente (y, por tanto, menos preocupaciones del pasado o el futuro) y la actividad que estamos haciendo en un determinado momento, y otras simplemente nos ayudan a, por unos momentos, transportar nuestra mente a un lugar tranquilo en el que sencillamente, estamos. Los tipos de meditación varían entonces en su concepto, así como en su método práctico: para algunos no necesitamos ninguna postura física concreta, mientras para otros necesitamos ejercitar nuestro cuerpo de forma simultánea.
En vez de entrar a cada una de las principales formas de meditar, quisiera narrar una forma de entender la meditación a través de los distintos niveles o grados de pensamiento (que incluye consciente y subconsciente). Esta narración toma como imagen principal, el océano, y su estado virulento en ocasiones, a modo de analogía. Empezamos.
Imagina el océano, su inmensidad, y transpórtate a un punto sobre el mismo. A tu alrededor, no hay nada salvo agua. Puedes dar una vuelta de 360o, pero no hay nada. Millones de litros de agua, que se pierden en el horizonte. No hay ningún indicio de tierra a la vista, barcos, aves o personas. De repente, comienza un temporal muy fuerte, que causa olas tremendas, de decenas de metros de altura, capaces de voltear el mayor de los barcos. Transporta tu mente, a un pequeño bote sobre la superficie. Da miedo, ¿verdad? Crees que el bote va a tardar unos pocos segundos en tambalearse y ser engullido por la voracidad de las olas.

Ahora bien, imagina que puedes sumergirte en la masa de agua y bajar hasta el fondo marino, mientras el temporal en la superficie sigue. Bajas, a kilómetros de profundidad, y puedes sentir como en ese lugar el agua está completamente quieta. Apenas hay corrientes, todo lo contrario: predomina la calma, tu mente se encuentra en un estado de gravedad cero, y el agua que allí se encuentra, es totalmente impasible a lo que está ocurriendo en la superficie.
Aquí empieza la analogía. La mente puede encontrarse en un estado turbulento, como las olas de la superficie. La parte hiperactiva, los pensamientos que no cesan: “he de hacer esto, lo otro, llamar a no se quién, hablar con Menganita, recoger esto y devolver lo otro.” Es algo que pasa a muchas personas, de las cuales algunas piensan: “Quisiera silenciar este ruido, obtener mayor claridad en mis pensamientos y llegar a la paz interior.”
¿Cómo llegar a ese deseado estado? Esa es una de las preguntas que muchas personas buscan responder a través de la meditación, asociada a la claridad interior, fortaleza mental y creatividad, entre otras. Tras distintas experiencias, estudios científicos y metodologías, puede concluirse que existen tres principales categorías de meditación, ya que cada una afecta a nuestros cerebros, sistemas nerviosos, circulatorios y respiratorios de manera única.
Estas tres categorías son denominadas por muchos como la Atención Plena (Mindfulness), Conciencia Abierta y la Autotrascendencia Automática (o Meditación Trascendental). Aquí se comentan por separado:
Atención Plena o Mindfulness
Este tipo de meditación ha sido popularizado por el yoga, y otras disciplinas como el pilates, durante varias décadas. Con esa postura en la que nos sentamos con las piernas cruzadas, reposando sobre las rodillas nuestras manos y probablemente juntando los dedos índice y corazón, intentamos centrar nuestra atención en un único punto o concepto: nuestra respiración, nuestro latido, la punta de nuestra nariz, etcétera. Es importante que, una vez centramos nuestros pensamientos en ese punto de atención plena, lo mantengamos ahí.
Así intentamos calmar el torrente de pensamientos, y lo normal es que pasemos de un punto a otro de atención (situaciones pasadas, problemas presentes o imaginaciones futuras). Requiere por tanto un estado de hipervigilancia. Volviendo a la situación del océano enfurecido, puede entenderse como un intento de calmar varias olas en la superficie, una a una.
Conciencia abierta (Open Monitoring)
Este segundo caso, requiere menos concentración enfocada. Como su nombre indica, “abrimos” nuestra conciencia, dejando entrar todos nuestros pensamientos y más bien, familiarizándonos con los mismos. Con tiempo y práctica, la idea es que aprendamos a observar nuestros pensamientos sin juzgarlos, aceptándolos tal y como son. Así, veremos no los pensamientos o ideas como perturbadoras, sino la importancia que les damos al procesarlos. En cierto modo, es comparable a evaluar nuestros problemas no como propios, sino como nos los estuvieran contando, viviéndolos en tercera persona.
Ejercitando la conciencia abierta, aprenderemos a mantener la calma en situaciones tensas, o permanecer tranquilos ante pensamientos que otras personas interpretarían como perturbadores. Seremos testigos de estos pensamientos, pero sin juzgarlos ni dejar que nos afecten. Ello nos dará cierta altura de miras y contribuirá a poder relativizar los problemas que interfieren en el día a día de cualquiera. Ante situaciones de estrés, quienes la practican se sentirán bajo mayor control. Dan Goleman, en su best-seller Inteligencia Emocional, se refiere a ella como autoconciencia.
Si volvemos a nuestra barca, a merced de la furia de las olas, en este caso no intentamos calmar can una de ellas, sino que nuestra mente las observará, balanceandose la barca incluso, sin mayor emoción. El proceso cognitivo se centra en el presente momento.
Autotrascendencia Automática (Meditación Trascendental)
El último caso de meditación, requiere, bajo mi punto de vista, una mayor dedicación y continuidad en el tiempo para entender y practicar con efectividad. En nuestro océano enfurecido, lo que hacemos es transportarnos, casi de forma automática, al suelo marino. Pese a que varios kilómetros por encima, el agua y nuestra mente se encuentran activas, a ritmos muy acelerados, a esta profundidad todo está en calma. Nuestra mente está en paz, y al mismo tiempo, atenta.
Esto se denomina a veces como un estado de alerta en descanso. Este estado es una fuente de energía y autocontrol robusto, ya que con mucha práctica se llega a un punto en que el estado mental es inherente a nosotros, predominando subconscientemente. Los pensamientos activos de nuestra mente se calman en ella misma, en un nivel de paz interior que ciertamente trasciende a todos ellos – la conciencia pura.
Siguiendo con la analogía del océano, no estamos intentando controlar las olas en la superficie, ni tampoco las observamos de forma cuasi indiferente. Simplemente accedemos a lo más profundo del océano, en total calma. Esta meditación va, por tanto, más allá de nuestro estado consciente, y se ubica en un nivel más profundo a ese en el que empezamos a pensar, planificar, sufrir o crear. Es nuestro estado interior.

Y hasta aquí, una breve aportación al concepto de la meditación. ¿Tienes interés en meditar o ya la practicas? ¿Te ha gustado la analogía? ¿Ya la conocías? Te animo a dejar un comentario.
Puedes leer más, especialmente en lo relativo a la actividad cerebral tras cada categoría, en las siguientes referencias:
Brandmeyer, T., Delorme, A. and Wahbeh, H. (2019) ‘The Neuroscience of Meditation: Classification, phenomenology, correlates, and mechanisms’, Progress in Brain Research, pp. 1–29. doi: 10.1016/bs.pbr.2018.10.020.
Goleman, D. (1995). Emotional intelligence. Chapter 4: Know Thyself. Bantam Books, Inc.
Lin et al. (2019) ‘On variation in mindfulness training: A multimodal study of brief open monitoring meditation on error monitoring’, Brain Sciences, 9(9), p. 226. doi: 10.3390/brainsci9090226.
Roth, R. (2022), Strength in stillness: The Power of Transcendental Meditation. New York: Simon & Schuster Paperbacks.
Travis, F. and Shear, J. (2010) ‘Focused attention, open monitoring and automatic self-transcending: Categories to organize meditations from Vedic, Buddhist and Chinese traditions’, Consciousness and Cognition, 19(4), pp. 1110–1118. doi: 10.1016/j.concog.2010.01.007.
Zoilo Reinés, M. (2021) Meditación y plasticidad cerebral. Trabajo Final del Grado en Psicología. Universitat de les Illes Balears.
Un comentario en “Meditación: analogía del océano”